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Foto Sólo Ilustrativa | El Litoral | 
Le dieron un asiento semicama, lo ubicaron en el lugar más incómodo del colectivo y pretendían asignarlo a un coche de refuerzo, apartado de su familia. Un viaje por las rutas de la discriminación.


Hacía tiempo que Marcelo P. esperaba febrero para pasar unos días en Huerta Grande, Córdoba. Pero las gestiones en los días previos para lograr el pase libre por discapacidad le dieron a sus vacaciones un sabor amargo, parecido al de la humillación.

Según la ley N° 12.355, las empresas de colectivo deben transportar “gratuitamente a las personas con discapacidad en el trayecto que medie entre el domicilio de las mismas y cualquier destino al que deban concurrir por razones familiares, asistenciales, educacionales, laborales o de cualquier otra índole”.

La Comisión Nacional de Regulación de Transporte establece que “en los servicios interurbanos se deberá reservar las plazas con una anticipación no menor a 48 horas”. Mujer prevenida, la hermana de Marcelo comenzó los trámites un mes antes. El 5 de febrero, día del viaje, llegó de la mano de trámites, discusiones, llamados contrarreloj: la impotencia de tener que pelear por lo que es justo.

Mal rato

“A mediados de diciembre fui a preguntar a la empresa El Práctico cómo era el procedimiento para gestionar el pasaje para discapacitado. Me dijeron que había que llenar un formulario, que luego sería enviado a la sede central, en Córdoba. Como viajábamos otras tres personas más, quise sacar ya esos boletos para ir juntos, pero todavía no estaban en venta. Presentamos la documentación que nos pedían y volvimos a llamar días después, para certificar que estuviera autorizado el pasaje y pedir que nos dieran el número de asiento.

“Estuve dos días para poder comunicarme: finalmente lo logré. Era un teléfono de Córdoba, específico para estos trámites. Me dieron el número de asiento: el 47, arriba y al fondo. Les consulté si no se podía buscar un lugar más cercano a la puerta, porque esta persona tiene dificultad para movilizarse. Me dijeron que no, que ellos disponían el lugar que se destina”, relata.

Marcelo tiene diagnóstico de esquizofrenia y visión subnormal de ambos ojos. Si bien en el certificado no consta que deba viajar acompañado -lo cual implicaría para la empresa la obligatoriedad de garantizar dos pases gratis-, se trata del contemplar una ley primordial, que no consta en actas: la del sentido común. Por otra parte, el decreto Nº 38/2004 dice que “al momento de formular el pedido, el usuario podrá solicitar que las plazas a utilizar, él y su acompañante, si correspondiere, sean las más próximas a la puerta de ingreso a la unidad”.

Diez días antes de viajar estaba todo más o menos encaminado. “Íbamos a viajar los cuatro en el mismo coche, tres en asiento cama y uno en semicama; y la palabra era que yo podía cambiarle mi lugar, para que él viajara más cómodo y cerca de los familiares”, cuenta Claudia, la hermana.

“El día del viaje, llamo por teléfono para asegurarme de que estuviera todo bien. Ahí me notifican que la persona discapacitada iba a viajar en el coche de refuerzo. No lo podía creer: les planteé que eso no podía ser, que él no estaba en condiciones de viajar solo, y que yo había hecho los trámites con la suficiente antelación como para viajar tranquilos”, relata, como quien revive una pesadilla.

“Me da mucha bronca. Es denigratorio, es como decirte: ‘Vos vas al último orejón del tarro, y sólo si nosotros queremos’. Cualquier ciudadano va, tiene su pasaje en la mano y sabe que va a salir a tal hora, con tal coche y tal número de asiento. ¿Por qué un discapacitado no?”.

Cuestión de actitud

Como en el cuento de Cenicienta, las agujas del reloj apuraban el paso: la cuestión debía resolverse antes de la medianoche, hora de partida. “Intenté comunicarme con Córdoba a la tarde durante una hora, hasta que finalmente alguien atendió. Le expliqué la situación a la empleada, le pedí hablar con algún superior que tuviera poder de decisión, pero no había nadie. Me fui a la boletería de Santa Fe: no había caso, lo habían designado para el otro coche y no se podía cambiar”.

Finalmente, discusión de por medio, lograron que fueran dos las personas que viajaran en el coche de refuerzo, que era semicama. “Él sí o sí debía ser una de esas dos personas: pareciera que tenía prohibido usar un cochecama, aún si la familia estaba de acuerdo en cambiar los lugares”, explica.

La odisea llegaba a su fin. “Arreglamos así, con la promesa de que a la vuelta vendríamos los cuatro en el mismo coche. El día del regreso, nos dieron tres asientos cama y uno semicama.
Siempre arriba, al fondo. Cuando llegó el coche, pude negociar con el chofer para que yo ocupara el semicama y él, el cama. Pero fue sólo por la buena voluntad del conductor”, concluye Claudia.

La respuesta

A través de un mail, la empresa El Práctico respondió: “La firma otorga los pasajes gratuitos por discapacidad de acuerdo a las normas vigentes y con el criterio estipulado por el espíritu mismo de la reglamentación. Sin embargo, en pos de la mejora continua en la atención de aquellos que nos eligen para sus viajes, se indagará la supuesta irregularidad y -de acuerdo con el resultado- se reprenderá a los responsables”.

Ser humanos

Existen estudios en el campo de la discapacidad que alegan que ésta existe en tanto existan barreras que la promuevan, la profundicen, la señalen con el dedo. Que el problema de la discapacidad no es físico: es social. El Lic. Hugo Fiamberti, miembro de la red de investigadores del Inadi, lo explica de forma sencilla: “La discapacidad se da por la interacción entre la persona que tiene un déficit y el entorno. Cuantos más obstáculos se generen, más discapacidad se va a manifestar”.

La postura está basada en el modelo social, desarrollado desde fines de los años ’60 en países como Inglaterra o España, y al que nuestro país adhirió a través de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, sancionada en 2008. La idea es derribar prejuicios, barrer estereotipos, abrir la mente, construir sociedades mejores.

Por Natalia Pandolfo | El Litoral

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